La oscura noche era siempre la ocasión perfecta para salir.
Unas
manos tan delicadas manchadas siempre del mismo color.
No era extraño ya para ese entonces escuchar ligeras pisadas acelerando su paso
sobre las tejas.
Para aquellas personas consientes, escucharlas no le causaba misterio o intriga
alguna, sino un miedo las cautivaba haciendo que tanto como puertas y ventanas
se cerrasen con llave.
Pero nunca podrían ocultarse del todo. Nadie podía.
Corría con una delicadeza que casi no se escuchaban sus pasos y sus saltos eran
como los de un conejo que escapa de algo. Saltando de un techo a otro vio su
segundo objetivo más preciado: un árbol de gran altura.
Era el
perfecto mirador para buscar.
Trepo
a sus ramas con una agilidad natural y se colgó de una de ellas, viendo de
cabeza el mundo.
Así se ve mejor, pensaba.
Con sus
ojos pudo distinguir a unas dos cuadras de distancia, lo que buscaba.
Se le hizo
agua a la boca de solo pensar en eso, tragaba la saliva y se limpiaba los
dientes con la lengua.
Controlarse
era tan difícil, solo podía hacerlo de día. Pero al momento en que el sol
rendía sus fuerzas y la luna comienza a
brillar por él, era tiempo de arrancarse la máscara de humanidad que llevaba
puesta.
Era
una bestia, lo sabía.
Y le
gustaba serlo.
Con la
misma delicadeza con la que siempre andaba salió de su "faro" y fue
hacia su destino. Era como una hoja movida por la helada brisa nocturna. Al
tenerlo a unos metros de distancia lo atrapó con aquellos lazos. Lazos que la
rodeaban y la cubrían por todo el cuerpo, era como una momia negra. Eran tan
suaves que a uno le complacía ser tocado por aquellos lazos, pero no te darías
cuenta de que van subiendo hasta taparte la boca. Una vez dentro de ellos ya no
puedes salir.
Él
creía que ella era solo un cuento para asustar a los extranjeros, pero se
arrepintió de su escepticismo en el momento en el que se vio consumado por esa
situación.
Ella
se le acercaba lentamente, él no la podía ver; pero la sintió cuando llego
cerca suyo. Sintió su respiración en la piel de su cuello y comenzó a tiritar.
Se acercó a su oreja y él escuchó su voz, tan suave y melodiosa.
- Es
tan placentero encontrarme con alguien
Él estaba nervioso, sabía lo que pasaría
después. Sentía como su mojada lengua se hacía camino por los bordes de su
oreja hasta la parte inferior, sus dientes comenzaron a jugar por el lóbulo de
su oreja. Pero después sus pequeños mordisqueos se hicieron más fuertes y lo
mordió, sus lazos ahogaban los gritos que solo llegaron a ser pequeñas
vibraciones concentradas en la garganta del joven.
Como un niño que da bocanadas un dulce, ella arrancó su dulce favorito y
comenzó a comer. Una vez saciada del plato principal, se alejó, fundiéndose con
lo que restaba de la noche.
-MaryTheLittleBird