Recuerdo cuando mi pesar más grande era extrañarte, cuando nada me traía más pena y dolor que recordar lo lejos que estabas. Siento palpitante en mi corazón la memoria de cuanto sufría porque no podía tomar tu mano o darte un abrazo.
Ahora recuerdo todo eso y no puedo contener una sonrisa burlona que se me genera con una fuerza descomunal. Me parece de lo más tonto, por no usar palabras grotescas, pero tierno a la vez.
¿Tan loco y desesperado estaba? ¿Tanto era lo que ciegamente me atormentaba?
Aunque sigo sin poder tomar tu mano, aunque no puedo darte los abrazos que quiero y tampoco puedo tomarte como mía así como quisiera. No encuentro un lugar más feliz que solamente hablarte, solamente mirarte y solamente pensarte.
Me volví menos exigente, para contigo, para conmigo. Y me volví más paciente.
Sigo amando tu sonrisa como nada en este mundo y la voy a amar siempre sin importar a quien se la des.
Gracias por amarme a tu manera y por los minutos que voy a atesorar.
No quisiera tener que pesarte por tanto tiempo, sigo intentando pero no puedo reparar sino amandote como lo hago. Se volvió mi oficio.
Te habías vuelto mis dias y mis noches, mis madrugadas. El acariciar tu cabello y mirar lo profundo de tus ojos bajo aquella luz de foco en la habitación, es mi triunfo más grande.
No entendí por qué nunca volviste.
No entiendo por qué viniste ni tampoco por qué te fuiste.
Pero aquella noche donde creí tenerte, aquella noche donde pensé que estabas a mi lado. Donde casi perdí el corazón de lo feliz que me sentía. Aquella noche lo sentí.
Que no eras más, que un simple sueño, cuando cerraste la puerta y me dejaste solo.